Mari soñaba con ser escritora, una de esas escritoras de fama mundial, de esas que escriben los libros que su mamá le traía del trabajo. Su madre era encuadernadora en la editora más famosa del pueblo, los libros mal cortados, o defectuosos los llevaba a casa. Mary era una niña despierta, hacía amistad con otros niños, conversaba, jugaba, a su madre le preocupaba la propensión de aquella niña a solo jugar con niños y juegos que eran para niños. Mari soñaba con irse de aquel pueblecito, su madre tenía otros planes, doña María quería que Mary fuera una niña de bien, más femenina y también quería que continuara la tradición familiar, ser maestra como ella, sus tías, cómo la abuela. Mary tomó la decisión, se fue a la gran ciudad a buscar su sueños, mientras doña María, una mujer jubilada pasa la mayor parte del día sentada en el diván de su casa amasando los recuerdos con su pequeña Mary que nunca más ha vuelto por aquel pueblecito.
Aquellas noches el alcohol fue vertido en la herida, 21 copas de vino. Una herida profunda; como un tumor maligno propagado por las vías sanguíneas, aquella noche hizo metástasis;una explosión desde lo profundo del hígado, 21 botellas de romo: el alcohol estaba cociendo al estilo de los puntos de sutura, la herida de todos los tiempos. Aquel boquete producía el alcohol. Aquellas noches a sangre fría recorría como el agua del canal Donde nos bañábamos cuando éramos niños; por cada fisura, cada parte del cuerpo, un mandato acuoso revelado desde otra dimensión.Una boca imitando el alambique . 21 botellas de cervezas: El alcohol fue arrojado, por el despeñadero en el que nos convertimos. 21 botellas de Tafia : El alcohol estaba suturando la herida.
¿Quién los ve andar por la ciudad si todos están ciegos? Ellos se toman de la mano: algo habla entre sus dedos, lenguas dulces lamen la húmeda palma, corren por las falanges, y arriba está la noche llena de ojos. Son los amantes, su isla flota a la deriva hacia muertes de césped, hacia puertos que se abren entre sábanas. Todo se desordena a través de ellos, todo encuentra su cifra escamoteada; pero ellos ni siquiera saben que mientras ruedan en su amarga arena hay una pausa en la obra de la nada, el tigre es un jardín que juega. Amanece en los carros de basura, empiezan a salir los ciegos, el ministerio abre sus puertas. Los amantes rendidos se miran y se tocan una vez más antes de oler el día. Ya están vestidos, ya se van por la calle. Y es sólo entonces cuando están muertos, cuando están vestidos, que la ciudad los recupera hipócrita y les impone los deberes cotidianos. Julio Cortazar
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