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Csanmartin

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Tenía ojos grandes, piel oscura, baja estatura, y un halo de misterio que coronaba su cabeza, el semblante.  Su nombre: Csanmartin, era un ser humano poco común, alegre, triste; aún confundido entre la gente se notaba que su reino no era de este mundo, extrañamente cotidiano, extrañamente contradictorio. Nadie nunca habría imaginado que ese ser humano tan simple, tan vivido, tan en contradicción con lo establecido viviría una historia de amor  hilarante, futurista, embarrada de ansiedad, de nostalgia, una historia que simplemente quería ser.   En fin.... Csanmartin conoció a Amelia al son del mes de diciembre, a través del sonido, los cables, las llamadas, las flotas, a partir de ese momento se empezó a entretejer una historia de maravillas y ensoñaciones, una historia cuyo final se escribía día por día.

Y se Hizo la luz

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Es casi un mito urbano, una leyenda en las calles de la media isla. Nació como cualquiera en el caribe, de  manos agrestes, calurosas, confusas, envuelta en un halo de misterio, alegría, dolor… Se llama Amelia y transita anstraída, parece volar, a su paso los Guagüeros ,motoconchistas, transeúntes, buhoneros, y demás especies citadinas balbucean, mascullan expresiones vinculadas al fuego. Ella no se inmuta, ni siquiera percibe lo que provoca a su paso, mucho menos hacia dentro, a lo profundo, al alma. No busca la definición, el concepto de si misma, es como  extraña de ella, libertaria, común, corriente. Camina con un nerviosismo deslumbrante  y la tierra junto al asfalto empiezan a construir la confusa historia.

LOS AMANTES

¿Quién los ve andar por la ciudad si todos están ciegos? Ellos se toman de la mano: algo habla entre sus dedos, lenguas dulces lamen la húmeda palma, corren por las falanges, y arriba está la noche llena de ojos. Son los amantes, su isla flota a la deriva hacia muertes de césped, hacia puertos que se abren entre sábanas. Todo se desordena a través de ellos, todo encuentra su cifra escamoteada; pero ellos ni siquiera saben que mientras ruedan en su amarga arena hay una pausa en la obra de la nada, el tigre es un jardín que juega. Amanece en los carros de basura, empiezan a salir los ciegos, el ministerio abre sus puertas. Los amantes rendidos se miran y se tocan una vez más antes de oler el día. Ya están vestidos, ya se van por la calle. Y es sólo entonces cuando están muertos, cuando están vestidos, que la ciudad los recupera hipócrita y les impone los deberes cotidianos. Julio Cortazar